Todo lo que podría haber salido mal

Empezamos el viaje corriendo. Pero corriendo de verdad. Dos minutos y perdemos el autobús. Y si perdemos el autobús, también perdemos el avión, y el otro autobús… El efecto dominó se juntó con la ley de Murphy. Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo para comer y salir corriendo, porque en diez minutos cierran nuestra puerta de embarque. Pero, espera, un control de droga sorpresa. Solo va a ser un minuto, me dicen. La cola es eterna y, cuando llegamos al mostrador, nos dicen que teníamos que haber sellado el pasaporte. No hay tiempo, así que lo hacen allí. La próxima vez… Deciden que nuestra maleta tiene que ir en cabina. Genial. Quizás perdemos el autobús. Aterrizamos. Tenemos que salir del aeropuerto, llegar a la ciudad y buscar la estación de autobuses. Está lloviendo y un chico nos lleva corriendo, un minuto antes de que salga, a nuestro autobús. Llegamos y todo parece haber salido bien. Mañana será otro día.

Nos despertamos a la hora a la que habíamos planeado para después llegar tarde. Nos perdemos el tour por la ciudad por cinco minutos y acabamos dando vueltas en círculo por el centro. Siete horas para verlo todo, volver al hostal, recoger nuestras cosas y volver a la estación de autobuses. Volvemos a empezar, en otra ciudad.

Damos una vuelta para acabar perdiéndonos mientras llueve. De nuevo, vamos tarde y no sabemos qué ver. Ver la ciudad en apenas cuatro horas, comer e ir tarde. Nuestra rutina de siempre. A un minuto de que salga nuestro autobús, llegamos a la estación y corremos como si no hubiera mañana. Llegamos un minuto después, sin aliento y cargando con mochilas más grandes que nuestros cuerpos para descubrir que nuestro autobús llega tarde. Esperamos casi una hora, preguntándonos en qué momento fue buena idea correr después de comer.

Llegamos a otro país, con otra moneda de la que nunca hemos oído hablar y buscamos nuestro apartamento. Esperamos allí durante más de una hora, hasta que el dueño aparece. Cenamos y salimos para ir al aeropuerto, donde nos espera una amiga. Nos equivocamos de dirección en el metro y, al querer dar la vuelta, nos dicen que el metro está cerrado. Pero, eso sí, los metros siguen llegando y la gente puede subirse. Menos nosotros, que nos han dicho que no podemos. Aparecemos en medio de ninguna parte y el autobús para volver a donde estábamos pasa en 40 minutos, cuando deberíamos estar en el aeropuerto. Intentamos coger un autobús y pagar con tarjeta y nos echan. Abandonamos la idea de ir al aeropuerto y buscamos un taxi. Claro está, no tenemos Internet y no sabemos dónde estamos exactamente. El único taxista que habla inglés dice que prefiere efectivo y no tarjeta. En el cajero, ninguna tarjeta funciona. ¿Se puede tener más mala suerte en una misma noche? Al final llegamos al apartamento, después de conducir por la ciudad a 120 kilómetros por hora. Pero la peor suerte no la tuvimos nosotros, que nos quedamos dormidos dos horas después, sino nuestra amiga, que acabó pasando la noche en la calle.

Como de costumbre, vamos tarde, pero esta vez de verdad. La señora de la limpieza por poco tiene que echarnos de allí. Vemos la ciudad en un día y, sabiendo que el metro cierra a las once y nuestro autobús es casi a medianoche, llegamos una hora antes a la estación y acabamos cenando de los puestecillos del metro. El autobús está llenísimo y nos esperan siete horas sentados, intentando dormir antes de llegar a nuestro próximo destino.

Pasan dos días de lo más normales, lo que es bastante raro para este viaje. Llegamos a nuestro último destino y, por hacerlo más interesante, tenemos menos de seis horas para ver la ciudad e ir al aeropuerto.

Comemos y ninguno puede terminar el plato. Volvemos a la residencia a coger las maletas y vamos hacia el aeropuerto. Hemos cogido el autobús que más paradas tiene de toda la ciudad. Llegamos diez minutos antes de que cierren las puertas de embarque. Nos despedimos desde lejos. Cada uno vuelve a su rutina, en un país diferente.

Suspiro y sonrío. Pienso en todo lo que podría haber salido mal pero que, al final, salió bien.

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Un comentario en “Todo lo que podría haber salido mal

  1. Anónimo dijo:

    Dos controles de seguridad, problemas con el equipaje, un control de drogas, un tren enloquecido y dos autobuses improvisados fueron necesarios para llegar a casa vivitos y coleando. Pero eso sí, el último beso, el que le di a distancia en aquel aeropuerto a escasos minutos de perder nuestro vuelo de vuelta, fue lo mejor de ese día. Ese beso fue de gracias. Gracias por vivir todas estas aventuras conmigo y de vivirlas intensamente, como debe ser.

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