Segunda estrella a la derecha

Apunta a la luna. Incluso si te pierdes, aterrizarás en las estrellas.

-Les Brown

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Cómo sobrevivir un año con Google Translate

Hace nueve meses aterricé en Polonia con más miedo en el cuerpo que ganas. Llegué al aeropuerto de Wrocław sin saber si quiera cómo se pronunciaba y sin una palabra de polaco. Bueno, miento. Sabía decir karta kreditowa (tarjeta de crédito), pero poco sabía de la gran aventura que me esperaba con el idioma.

Como era de esperar, en el aeropuerto sí que hablaban inglés y nos explicaron cómo llegar a la estación de trenes, desde donde teníamos que coger un tren hasta Poznań, la ciudad en la que estudio.

Allí no hablaban nada de inglés y básicamente nos comunicamos con gestos. A mí, nueve meses después, me sigue surgiendo una duda: ¿por qué poner carteles de información en inglés si luego nadie va a saber responderme? Y esto no hacía nada más que empezar.

Al llegar a la residencia la sorpresa fue mayor. En un edificio en el que viven más de cincuenta personas extranjeras no hay nadie que sepa una palabra de inglés o de cualquier otro idioma que no sea polaco. Si tienes suerte lo mismo hablan ruso. Y, como mi instinto de supervivencia me dijo en aquel momento, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Así es como, a pesar de haber renegado de él continuamente, Google Translate se convirtió en mi mejor amigo. O en mi peor pesadilla, según cómo se mire.

Una de las primeras veces que recurrí a él fue para pedir las llaves de la lavadora, hasta que aprendí a decirlo. Después de repetirlo mínimo dos veces al mes, creo que no se me va a olvidar. Y quien dice lavadora dice también la bandeja del horno.

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En busca de la felicidad

No permitas que nadie diga que eres incapaz de hacer algo, ni si quiera yo. Si tienes un sueño, debes conservarlo. Si quieres algo, sal a buscarlo, y punto. ¿Sabes?, la gente que no logra conseguir sus sueños suele decirles a los demás que tampoco cumplirán los suyos.

-Will Smith

Todo lo que podría haber salido mal

Empezamos el viaje corriendo. Pero corriendo de verdad. Dos minutos y perdemos el autobús. Y si perdemos el autobús, también perdemos el avión, y el otro autobús… El efecto dominó se juntó con la ley de Murphy. Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo para comer y salir corriendo, porque en diez minutos cierran nuestra puerta de embarque. Pero, espera, un control de droga sorpresa. Solo va a ser un minuto, me dicen. La cola es eterna y, cuando llegamos al mostrador, nos dicen que teníamos que haber sellado el pasaporte. No hay tiempo, así que lo hacen allí. La próxima vez… Deciden que nuestra maleta tiene que ir en cabina. Genial. Quizás perdemos el autobús. Aterrizamos. Tenemos que salir del aeropuerto, llegar a la ciudad y buscar la estación de autobuses. Está lloviendo y un chico nos lleva corriendo, un minuto antes de que salga, a nuestro autobús. Llegamos y todo parece haber salido bien. Mañana será otro día.

Nos despertamos a la hora a la que habíamos planeado para después llegar tarde. Nos perdemos el tour por la ciudad por cinco minutos y acabamos dando vueltas en círculo por el centro. Siete horas para verlo todo, volver al hostal, recoger nuestras cosas y volver a la estación de autobuses. Volvemos a empezar, en otra ciudad.

Damos una vuelta para acabar perdiéndonos mientras llueve. De nuevo, vamos tarde y no sabemos qué ver. Ver la ciudad en apenas cuatro horas, comer e ir tarde. Nuestra rutina de siempre. A un minuto de que salga nuestro autobús, llegamos a la estación y corremos como si no hubiera mañana. Llegamos un minuto después, sin aliento y cargando con mochilas más grandes que nuestros cuerpos para descubrir que nuestro autobús llega tarde. Esperamos casi una hora, preguntándonos en qué momento fue buena idea correr después de comer.

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