El corrector: ese gran incomprendido

Los médicos nunca están de vacaciones ni de descanso. Las veinticuatro horas del día han de estar alerta por si les necesitan. Pegados al teléfono, esperando la llamada del hospital que les haga volver al trabajo. ¿Y qué me decís de lo estresante que tiene que ser esperar a que alguien grite «¿hay algún médico en la sala?»? A nadie le parece mal que los pobres médicos (o enfermeros, que también sufren de lo mismo) no descansen y estén entregados al cien por cien a su trabajo. ¿Por qué? Porque los necesitamos.

Y ahora pongámonos en la piel del corrector. El pobre corrector, me atrevería a decir. Llega a casa cansado (o sigue en casa, si es que tiene una oficina in situ), después de haberse pasado el día leyendo, corrigiendo y anotando en los márgenes de las páginas. Quiere desconectar y decide salir a cenar y su sorpresa es mayúscula cuando abre la carta y ve que está plagada de erratas. Menudo restaurante…

Decide irse de viaje y olvidarse por unos días de su lengua materna. Digamos que elige un destino cuya lengua desconoce y necesita recurrir al inglés para comunicarse. De nuevo, paseando por las calles de esta nueva ciudad, encuentra faltas de ortografía que le sacan una sonrisa, mientras piensa «¿es que nadie va a decirle lo que ha escrito ahí?».

Vuelve a casa y se da cuenta de que necesita una nueva estantería, así que compra una y comienza a montarla él mismo. Abre el manual de instrucciones y, movido por la curiosidad que le caracteriza, hojea las distintas traducciones y se lleva las manos a la cabeza. ¿A qué traductor y a qué revisor contrataron?

Último escenario. El viernes por la noche, nuestro corrector sale a dar una vuelta con sus amigos y se sientan en una terraza a tomar algo mientras se ponen al día de las novedades. Después de un rato, su mente empieza a hacer de las suyas y comienza a analizar las palabras de sus amigos, prestando más atención a el cómo lo dicen que a lo que le dicen. No se ha dado cuenta, pero uno de sus amigos le está hablando directamente a él y, avergonzado, tiene que pedirle que repita la pregunta. Solo espera que esta vez sí la formule bien.

Nadie ha gritado aquello de «¡por favor, un corrector en la sala, rápido», pero él ya está pendiente, por si le necesitan. Igual que el médico. ¿Por qué al primero, sin embargo, la gente no deja de decirle «que más dará, si se entiende» o «estás de vacaciones, deja de hablar de esas cosas»? El segundo, pobrecito, incluso tendrá que aguantar que le respondan miles de preguntas que, evidentemente, no quiere contestar en ese momento. («Mira, me duele un poco aquí, sí, desde hace unos días. ¿Tú que crees que es?»).

Por eso, pobre corrector, al que nadie quiere, porque seguimos pensando que en realidad no hace falta. Y, además, molesta y cansa. Qué pesado puede llegar a ser, todo el día corrigiendo(me). Créeme, si existiera un botón de apagado, el corrector lo usaría al llegar a casa. Y, igual que para ti es difícil desconectar después de más de ocho horas trabajando, para él también. Está en su naturaleza analizarlo todo, por eso le es difícil parar de hacerlo. La costumbre, pobrecillo. Solo necesita que le entiendas, o que al menos no le recuerdes continuamente que ya no está en la oficina.

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4 comentarios en “El corrector: ese gran incomprendido

  1. Isa dijo:

    Me encanta tu entrada, ¡y qué razón tienes!

    “Está en su naturaleza analizarlo todo, por eso le es difícil parar de hacerlo.”

    ¿Cuántas han sido las veces en que no he pasado por alguna de esas situaciones?

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      • Isa dijo:

        Cuando termines la carrera, ¡me pregunto cuántos libros serás capaz de leer traducidos al español!

        Yo me pongo de los nervios a la mínima y casi todo lo que leo tiene que ser en inglés (aunque hay obras muy bien traducidas, todo hay que decirlo).

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